María Luisa Ortega Hernández, PhD

Esto creo

Desde «mi Otredad»:
a todas las mujeres, vasos de gracia

Soy criolla, española nacida en tierra iberoamericana. Me llevó largo tiempo asumir mi identidad, siempre diferente a la de la mayoría que me rodeaba. Nací en una familia privilegiada y en un país donde la pobreza y la injusticia eran mis vecinos. Sólo conocía por su nombre a unos pocos; los más, eran los rostros sin nombre que veía tras las rejas altas de hierro de mi casa, las mil caras de niños desnudos mendigando comida —sus barriguitas engañosamente llenas, alimentándose de parásitos y de polvo— y las caras que nunca llegué a ver, sus ojitos apagados a esta luz. De vez en cuando, alcanzaba a verlos escondidos, cargados por última vez a hombros de sus padres, toda su belleza encerrada en cajas blancas de madera; cajas diminutas que con su silencio me llamaban tras el cristal del microbús, rostros velados de niñas sin vida, de niños nacidos al otro lado de las rejas.

Delis y yo de la mano

«Ha llovido mucho desde entonces» pero, cuando me detengo a pensar sobre el misterio de la vida, recuerdo. Recuerdo a Asunción, una niña de la primaria que tenía que ahorrar todo un año para poder comprarse zapatos nuevos —realidad tan incomprensible para mí que recuerdo habérselo preguntado a mi madre—. Ella, la menor de los ocho hijos de un humilde policía y de una portera —la encargada del edificio donde vivían todos en un apartamentito de la España de la posguerra de la Guerra Civil—, hizo lo posible por explicarme la desigualdad de clases. Le agradezco a mami el haber invitado siempre a Asunción y a todas mis compañeras a nuestros cumpleaños. No era siempre así en una sociedad de «colonias» (léase «vecindarios»). A algunas niñas las criaban con una imagen de superioridad por su raza o por su clase socioeconómica —parientes de funcionarios del gobierno, empresarios y otros profesionales que también vivían en casas de ladrillo con empleadas domésticas (léase «sirvientas»).

Tocando la bandurria

Asunción era una de las pocas afortunadas. Una beca le permitía ir a una escuela de primera como a todas las otras niñas a las que yo conocía, a donde todas las niñas deberían poder ir. Ése no era el caso de Nanci y Melea, dos hermanas que trabajaban en mi casa ayudando con la limpieza y la cocina y, sobre todo, cuidándonos a nosotras cuando íbamos de camino al colegio o a cualquier otra parte cuando mamá tenía que quedarse atendiendo a los más pequeños.

«Mamá..., ¡cuánto te queremos!»

A Dios le doy gracias por ello... ya que el chofer una vez me preguntó —¡Cómo se atrevió!— por qué era que mi mamá nunca nos dejaba ir solas en el microbús sin alguna de las muchachas. Tendría unos doce años (y entonces no lo entendía), pero la manera en la que me miró —esa sonrisa— me hizo sentir sumamente incómoda —el peligro latente y a menudo olvidado de los hombres que se hacen pasar por familia, por cuidados de allegado.

Con Martita y las muchachas

Recuerdo con mucho cariño a Melea y a Nanci (y a las otras muchachas también) porque eran como de la familia. En nuestro último año en Nicaragua, rezábamos el rosario todos juntos al final del día. La Melita —como la llamábamos— me mimaba hasta más no poder. Tendría unos tres años más que yo, y sé que ella también nos quería. Me pregunto dónde estará ahora; los hijos que habrá tenido. ¿Encontró a alguien que la amara, la respetara y se preocupara por su bienestar? ¿Estará, todavía, cuidando a las hijas de otras familias, limpiando una casa que no es la suya, protegiéndose sola de insinuaciones y acercamientos sexuales no deseados, ahora que mamá no está con ella para ayudarla?

Mi hermana María de los Ángeles y yo con mamá, agosto de 1977, El Centro Español

Nanci, su hermana mayor, habló a larga distancia con mi madre cuando estaban saqueando nuestra casa y —Dios la bendiga— le pidió permiso para llevarse nuestras camas. Espero que todavía las tengan (Ojalá ellas se hubieran quedado con todo) pero, sobre todo, espero que recuerden cuánto las quisimos, especialmente cuánto las quiso mami, no sólo enseñándoles a cocinar y a coser, sino también a leer y a ir a la escuela, y animándolas a que jamás permitieran que ningún desgraciado se aprovechara de ellas.

Con algunas compañeras, 25 de agosto de 1977, El Centro Español

ESTO CREO. Creo que las mujeres somos vasos de gracia. En el Principio —clavada en el tiempo—, una larga cadena de patrones sexuales opresivos empezó a palpitar en nuestro interior antes de que pudiéramos tomar el primer aliento. La herrumbre de su peso ha corroído la esencia vital y libre de nuestro ser, interceptando, confundiendo y profanando nuestra conexión sagrada con nosotras mismas y con la Divinidad. Se nos ha encerrado en nuestros propios vasos, volteados boca abajo por un sistema de control social que se autodefine omnipotente hasta tal punto que nuestra verdadera liberación personal y colectiva está muy lejos de la realidad.

En mi última casa — Nicaragua

Para cambiar estas jerarquías patriarcales —es decir, la prescripción del olvido de una misma como virtud— tenemos que empezar por el Principio: tomar conciencia de la interiorización de nuestra propia opresión. Sólo entonces tendremos el valor, la fuerza para cortar ataduras que nos amarran a un pasado «decapitado» (Hélène Cixous) y reclamar nuestro derecho divino a ser sujetos con libertad de actuación, protagonistas de nuestra vida. Para ello, debemos acercarnos con ojos críticos a la historia en general y, en particular, a nuestra propia intrahistoria. Detenernos a reflexionar. Leer y cuestionar. Reflexionar. Ver.

Jaulas, fuente y rejas

La liberación de todos debe dirigir la óptica de nuestro análisis crítico (Ada María Isasi-Díaz, Teología mujerista [Mujerista Theology]). El aceptar en obediencia ciega los guiones patriarcales de una sociedad que exige la sumisión de La perfecta casada (Fray Luis de León, 1583; Cásate y sé sumisa, 2013) refuerza el pecado mortal estructural que subyace en el centro de nuestra cultura. Oculto bajo el ropaje de sigilos seudosacramentales, el largo silencio que ha esclavizado a la mujer es una impunidad histórica que nos ata, que ahoga gritos y que vierte toda nuestra gracia, derramándola en el horror extremo de un feminicidio sin freno.

La ausencia del conocimiento —y de un conocimiento cuestionado en libertad por la razón— es esclavitud. Por eso, los libros —todos los libros— y las escuelas —todas las escuelas— deben estar a la completa disposición del mundo entero. Yo creo que he sido llamada a abrir esas rejas de hierro y a dejar que entre la luz. Libre. Al fin.

Fotografía personal y archivo familiar ©

Firma de María Luisa

Desde «mi Otredad»: a todas las mujeres, vasos de gracia. Esto creo. [This I Believe], escrito en inglés y autotraducido [autoría bilingüe] al español por María Luisa Ortega Hernández, PhD, 15 agosto 2013; actualizado 4 julio 2026. © Chicago, Illinois, Estados Unidos de América.